Estaba la noche oscura, la luna brillaba por su ausencia, el silencio roto por el maullido de los gatos en celo, dando la impresión de que un ejército de niños estaban llorando.

Escondido tras los viejos muros de un antiguo monasterio, sin tejado, acurrucado en una esquina para aprovechar la defensa de los dos muros que la formaban, tanto para defenderme del frío nocturno, como de alimañas, tapado con unas viejas tablas, que seguro pertenecieron a alguna puerta, por el tiempo, sus inclemencias y, porque no decirlo, el salvajismo humano que destruye todo por allá donde pasa.

La noche, era fría, helada, estaba conteniendo el tembleque del cuerpo y el de los dientes que tenían la intención de armar un concierto de percusión entre ellos, calentándome las manos con el aliento y colocarlas de nuevo en los bolsillos para mantener un poco el calor.

Arriba, cada vez que miraba, al no poder cerrar los ojos y relajarlos, se veía un bonito espectáculo de estrellas, las galaxias, todo el firmamento, como pocas veces había visto. En las ciudades esas cosas apenas se ven, algunas estrellas y poco más.

Ante mi, unos ojos muy juntos, seguramente de alguna rata que se paseaba por entre las ruinas buscando algo que llevarse al estómago, le acompañaban otros pares, cogí una de las tablas  y la lancé hacia ellos, desaparecieron, por lo menos por un rato.

Se iban acercando…

Se escucharon ruidos de caballerizas, el golpear de las ruedas metálicas sobre las piedras del camino, los cascos de los caballos herrados, algunas voces a lo lejos. Se iban acercando poco a poco, minúsculas lámparas se acercaban, si bien más parecían luciérnagas en la distancia.

Se pararon los ruidos de las llantas y de los cascos, unos fuertes golpes en la puerta, una voz de hombre gritando ¡Abran en nombre del Conde!

Desde dentro del monasterio, un fraile, apresurado hacia la puerta, mira por la mirilla, abre. Lo apartan a un lado, entrando los soldados con un joven medio desnudo, las manos atadas a la espalda, de un tirón le arrancan los pocos harapos, se ven las marcas por todo el cuerpo, golpes, moratones, otras largas y finas, como de un látigo o alguna vara, abiertas las heridas, banquete de las moscas.

Piden que se de comida a los soldados y a los caballos, llevándolos a los establos. También que se llame al fraile herrero para que haga un collar de hierro, unas esposas y una tobilleras con cadenas para el preso.

Se le ocurrió pedir un poco de agua, llevándose una patada en la boca, ésta quedó sangrando. El que comandaba los soldados, tenía ganas de divertirse, lo mandó atar, arrodillado, los brazos bien atados a las columnas.

La tortura

Lo mira con desprecio y burla, le escupe en toda la cara, acto seguido, una buena patada en la entrepierna.

Manda sacar agua del pozo, bebe del cubo y la que sobra se la va tirando poco a poco encima de la cabeza, al intentar beber de lo que le echaba, con la mano le tapa la nariz y la boca, intentando retorcerse para liberarse de esa mano y poder respirar un poco, al ver como se retorcía, se divirtió un poco más sin dejarlo respirar, si bien le dejaba tomar alguna minúscula bocanada.

Ahí lo dejaron toda la noche, mientras la escarcha se iba colocando sobre las plantas y la piel del joven, desde lejos se le escuchaba el tiritar de los dientes, sus lloros, todo para divertimento de los que le vigilaban.

Al amanecer, el herrero ya tenía hecho el collar, las esposas y las tobilleras, en las primeras luces, se las fue colocando, remachando bien los cierres, en ellos había colocado una cadena gruesa, la del cuello sujetaba las manos por la espalda, la de los pies tenía una separación de unos 50 cm para que pudiera andar, pero le ataba también con otra cadena a las manos.

Así cuando con las manos tiraba hacia abajo, el collar le hacía levantar la cabeza, y si lo hacía hacia arriba, tiraba de los tobillos.

Después de darle unos buenos tirones en todas las cadenas, llagando los tobillos, el cuello y las muñecas, ni se molestaron en vestirlo, lo llevaron hasta la carreta, lo tiraron como  un saco de patatas, Mientras, dos soldados le vigilaban, de paso, también se divertían torturándolo y humillándolo.

¿Un sueño o una realidad?

Seguía escuchando el maullido de los gatos en celo, abrí los ojos, con las primeras luces volví a ver las ruinas que había dejado al acurrucarme en el rincón, respiré tranquilo, pero me quedó la duda sobre lo que vi, era tan real que no parecía un sueño.


Me levanté, al intentar agarrarme a una de las tablas para levantarme, me di cuenta de que no estaban donde las había dejado, ni tan siquiera la que había lanzado a los ratones, o lo que fuesen que me miraban anoche.

Me acerqué al portal, bueno, lo que quedaba, ahí estaban las tablas, todas. Salí fuera, las piedras estaban marcadas por las llantas de las ruedas de las carretas y por los cascos de los caballos, curiosamente, no recuerdo que al haber subido a ese convento haber visto marca alguna.

Volví hacia adentro del convento, en el suelo, unas telas, como de saco, de esas ásperas, rotas, llenas de sangre, parecía las que llevaba el joven cuando entró y estaban justo ahí donde se las arrancaron.

Necesitaba un buen café

En el patio, curiosamente, no las había visto antes, dos cuerdas que seguían atadas a dos columnas.

Busqué por donde pensaba que podían estar los establos, entre los escombros vi los pesebres, miré dentro, había paja fresca y algún resto de grano, imposible que un caballo pudiese comer entre tantos escombros, se rompería las patas antes de llegar a los pesebres.

Al lado vi una fragua, delante de ella un yunque, sin polvo alguno, como si lo hubiesen recién usado, aparté un poco del carbón de la fragua, debajo estaba todavía caliente.

Mi cuerpo estaba peleando entre salir corriendo de ahí dentro, tenía toda la piel erizada y el frío de la escarcha todavía no desaparecía con el tímido sol que intentaba abrirse camino hacia el día, me tenía temblando.

Necesitaba un buen café y desayunar algo, bajar al pueblo e intentar asimilar lo pasado esta noche.

La reflexión

Había subido la noche anterior, necesitaba encontrarme solo, conmigo mismo, mis pensamientos, olvidar esos momentos de mierda que a veces se instalan en nuestras cabezas. A veces, la soledad y las estrellas ayudan a reflexionar, la intención era estar un rato ahí arriba, en el monte, que encima tiene los restos de ese convento.

Como a todos los niños, aunque ya tan niño no era, me encantaba perderme entre las ruinas, siempre había algo nuevo que descubrir. Otras veces había subido de noche, pero era en verano y se estaba mejor fuera de las ruinas, la vista de las estrellas es preciosa, ahí no llega la contaminación lumínica, es todo un regalo para los sentidos, sobre todo los días claros, sin luna, los días de luna llena también tienen su encanto, es más brillante, más guapa que vista desde la cuidad.

Mientras bajaba por el camino, seguían las marcas sobre las piedras, las ramas de las orillas rotas, pisoteadas, cuando subí no estaban así, las ramas invadían casi todo el camino, tenías que sortearlas para que no se engancharan con la ropa o te arañaren la piel. Todo me parecía cada vez más extraño.

Ya se vislumbraba el pueblo, mi estómago rugía, mi nariz quería oler a café, pero todavía no alcanzaba a percibirlo.

La gente corriendo de un lado hacia otro, a veces parecía que no tenían ni idea hacia donde iban, todos con cara de dormidos, cabreados, ni tan siquiera una minúscula sonrisa se vislumbraba ni por error.

Ahora ya no eran mis demonios los que me asaltaban, sino los males de una sociedad que sólo anhela dinero para ser feliz, pierde su salud para conseguirlo, lo que le queda se lo gasta en médicos, al final, toda una vida luchando, sin disfrutar de la vida, intentando acumular un dinero, cayendo en la trampa mortal que la misma sociedad te monta y te hace creer que cuanto más tengas más feliz serás, hace que te endeudes al punto en que si vivieras siete veces no llegarías a pagar lo que te estás gastando.

Correr sin sentido

Basta ver ese espectáculo matutino, todo el mundo cabizbajo hacia sus trabajos, con prisas para no llegar a ninguna parte, las calles atascadas, cuando no es por un accidente, es por obras, o sino por otro motivo sin clasificar.

Trabajas deprisa, corriendo, luego te regañan porque algo has hecho mal, pero te siguen achuchando para que sigas corriendo, un sin sentido, lo que cobras no te basta ni para pagar el alquiler, lo de comer… Mejor en eso no pensamos, ya no alcanza.

La televisión te inculca que tienes que comprar y comprar, no importa si te hace falta, la imposición dice que “sí te hace falta para ser feliz”, y tú, te miras al espejo y te asemejas a un hámster en la rueda dando vueltas y vueltas sin ir a ningún lado, con la diferencia, el hámster tiene la comida asegurada, tú tienes que trabajar como un condenado para su comida y para la tuya.

Y para hacerlo más real, que lo es, te venden que tienes que estar en forma, tienes que ir al gimnasio, entras y sí te ves como esa rata, si bien no dando vueltas, en una cinta que si da vueltas donde tu caminas y caminas sin llegar a ninguna parte, y, por si fuera poco, luego toca bicicleta estática donde haces kilómetros y más kilómetros para, tampoco, llegar a ninguna parte.

Curiosamente, esos michelines cada vez se parecen a el muñequito que llevaban de mascota sobre las cabinas de los camiones haciendo publicidad de la marca de neumáticos.

Por fin se divisa una cafetería donde desayunar un buen café y algo sólido que lo acompañe.

Y llegó el momento del café…

Pido un café con leche, unas tostadas con tomate, el periódico, tengo que mirar la sección de empleo para ver si hay algún anuncio que me resulte interesante. Paso las hojas, solo peleas entre políticos, si fueran cuerpo a cuerpo estaríamos como en el Coliseo Romano, viendo a los gladiadores como se descuartizaban sobre la arena, ahora se descuartizan verbalmente, no por su trabajo político, que también, sino intentando humillar al contrincante.

Mucha verborrea, sin clase alguna y contradiciéndose día a día, todo para conservar su sillón y si se puede arrebatarlo al otro, pero sin aportar nada interesante ni nuevo. Unos que quieren mantener los estatus de los explotadores, el capital de las grandes empresas, los bancos sin dejar que se cambie el estatus de los esclavos, perdón, debería decir trabajadores.

No pueden soportar que alguien pueda tener un empleo digno y que le basta para llegar al final de mes con una vida, digamos, digna, aunque no tenga grandes lujos.

Los otros, otra gran mayoría, lo mismo que los anteriores, pero con la diferencia de que si quieren el sillón tienen que hacer un poco de caso a los que dicen que hay que mejorar la vida a los trabajadores y a las pequeñas y medianas empresas, por lo menos hacen un poco de paripé, meneando la perdiz para dejarlo todo casi igual.

Luego las páginas de deportes montando el circo diario para evitar que la gente piense en lo importante y en la realidad que se está viviendo.

En las páginas de empleo, prácticamente nada de nada, quieren un especialista en todo pagándote una miseria y unas condiciones de trabajo cada día peores. En lugar de avanzar, retrocedemos a la Edad Media, por lo menos.

Acerca del autor de la publicación

Toni Oliver Servera

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