Se enciende la lucecita, se abra la puerta, entra otra vez ese hombre, sigo sin verle la cara, todo de negro, como siempre, ha traído su silla, que no estaba, se sienta, coloca la lámpara, la enchufa con calma, no la había visto al entrar, la enciende y la enfoca otra vez a mi cara, cegándome de nuevo.

Empieza: Esta vez ya con el tono más alto. —¿Porqué lo hiciste, porqué lo mataste?.

Pero si yo no hice nada, no sé de que me habla, ahora me pregunta por qué lo maté. ¿A quién, cuándo, dónde? No entiendo nada de nada.

Se toma su calma en contestar, otra vez silencio, espera. Al cabo de un interminable rato se levanta, empieza a dar vueltas por la estancia, al rededor de la mesa, por  detrás mía, quedándose a veces parado justo detrás, sólo escuchaba su respirar pausado, seguía dando vueltps.

Las huellas te delatan

Yo ya ni le seguía con la mirada, esperaba que pasara por delante de la mesa para verlo, la desesperación me superaba, el miedo hasta me paralizaba, hasta el punto en que tiras la toalla, consigues pensar lo menos posible, aunque sin perder la guardia por lo que pudiera pasar. Ahora mi cerebro simplemente estaba en estado de alarma, pero apenas pensaba. La impotencia hacía que esperara, sin más, pocas alternativas me quedaban. Al cabo de un rato, por fin, empezó a hablar algo, empezó diciendo: Lo pateaste por todo el cuerpo, le pusiste un collar de hierro, tobilleras y muñequeras de hierro, todo unido con cadenas,

completamente desnudo, lo encontramos asfixiado justo detrás de las ruinas, las huellas encontradas son las de tus deportivas y en el hierro sólo estaban las tuyas y las suyas.

Aquí me reventó la mente, ¿Cómo podía yo haber hecho esto, se estaba acurrucado en un rincón y muerto de miedo, además, pensaba haberlo soñado? De todo lo demás que cuenta, sigo sin entender nada, yo no he estrangulado a nadie, simplemente pasé la noche ahí.

Tal como lo pensaba, se lo contaba. Otra vez se queda en silencio. Se levantó dándole una patada a la silla, lanzándola al otro lado de la habitación, se acercó a mí, me agarró del cuello, me levantó, me llevó a la pared elevándome hasta que no tocaba el suelo, casi no podía respirar.

¿Por qué lo hiciste?

Me dijo, cada vez apretando un poco más el cuello, “era uno de los nuestro, lo mataste, ¿qué te hizo para llegar a este punto?, él estaba bien formado, era fuerte, ágil, pero tú le cegaste la vida”.

Ahora, con la respiración entrecortada, alcancé a decir, “te lo cuento, pero suelta mi cuello”.

Siguió apretándome contra la pared, esta vez bajándome un poco y aflojando para que pudiera respirar un poco, me llevó a la silla, dejó que me sentara. Intentó recuperar un poco de aire, todavía me costó llenar los pulmones, sobre todo cuando al pasar por la garganta parecía que me estaba quemando el aire que respiraba.

Apagó la luz, salió de la habitación, al rato, esta vez poco, vino con un vaso de agua, me lo ofreció, ordenándome, con voz imperativa ¡Bebe!.

Le conté todo el sueño, tal como yo lo recordaba, con pelos y señales, no sé si se lo creía o no, no articulaba palabra alguna, no gesticulaba, su cara, lo que se veía en la penumbra, tras su pasa montañas, es decir, sus ojos, ni parpadeaban, tras ese pasamontañas no se movía nada, ni un músculo se le notaba.

Cuando acabé, sin decirme nada de nada, salió de nuevo de la habitación, pocos minutos más tarde, apareció con otro vaso de agua, otra vez me ordenó ¡Bebe! No me lo pensé mucho, estaba seco después de contarlo todo lo que sabía.

¡Bebe!

Ahora empezaba a notar como me invadía todo el cansancio, los ojos se estaban volviendo pesados, se cerraban los párpados, noté como la silla desaparecía de debajo mis nalgas, ya no me ofrecían apoyo alguno…

Me despertó un sonido metálico,algo había caído cerca de mí, estaba oscuro, no veía lo que era. El sonido lejano, como de un helicóptero que se aleja, se escuchaba en el aire. Miré al cielo, se veía el firmamento, precioso, como cada vez que ahí subía.

Noté que estaba sentado sobre algo húmedo, tanteé con las manos lo que era, curiosamente, me dolían las muñecas, pero ya no llevaba las esposas, ahí volvió a darme un vuelco mi cabeza, mi mente, otra vez tampoco entendía nada, seguí palpando, los pantalones mojados, un charco debajo de ellos, palpo por los lado, encuentro la mochila, me acordé que llevaba una linterna dentro, la busqué, ahí estaba, la encendí, sorpresa para mí, seguía en las ruinas, en el mismo lugar, sin moverme, busqué alrededor, recordaba el sonido metálico que me había despertado.

Se me volvió a erizar la piel, me invadió otra vez el miedo, me puse a temblar, no sé si de frío o por lo que acababa de ver. En el suelo, más o menos a medio metro de donde estaba, un collar de hierro, con un trozo de cadena, como el que vi que le pusieron al joven.

Ahí seguía el collar

Quería cogerlo y verlo de cerca, tocarlo con las manos, pero algo me lo impedía, se me cayó la linterna al suelo, mis brazos, manos, piernas, no respondían, por mucho que mi cerebro les dijera, “agarra eso y míralo de cerca”.

Me despertó el sol en el rostro, si bien se agradecía el poco calor que desprendía después de la fría noche.

Miré al suelo, ahí seguía el collar de hierro, lo miré, me dije, ¡Déjalo!.

Recordé que me quedaba algo de las galletas y el fiambre en la mochila, y sí, estaba ahí, comí un poco mientras veía lo que quedaba del amanecer.

Seguí sin entender nada de todo lo pasado, fui a ver ese claro de al lado del monasterio a ver si podía aterrizar algún helicóptero. Salí de las ruinas, muchas pisadas de botas militares, decidí seguir las huellas, me llevaron a un claro, ahí en el centro, se acababan las huellas, miré por los alrededores, no se veía nada más.

Pensé que podía haber sido una pesadilla, pero… ¿De dónde salió el collar, de dónde, de quienes eran todas esas pisadas, quienes eran, si es que eran…?

Preguntas y más preguntas, todas sin respuesta. Pensé si es que me estaba volviendo loco, algún tipo de locura que no conozco, alguna enfermedad de mi mente.

Sucesos paranormales

¿O era acaso alguno de esos sucesos paranormales que a veces uno lee o escucha hablar…?

Volví a las ruinas para recoger la mochila, ahí seguía ese collar, esa cadena enganchada, Otra vez la duda, ¿lo dejo ahí o me lo llevo como recuerdo?, estuve un rato, indeciso. Mi mente tampoco estaba para pensar mucho.

El sol empezaba a calentar, cosa que agradecía, pues, ya no sé si por lo pasado, el miedo, el frío o todo junto, estaba tiritando.

Empecé a agacharme, mi mente me decía, déjalo, no lo recojas, no lo toques, por otro lado otra vocecilla, agárralo, llévatelo, no lo dejes ahí, puede ser muy antiguo, lo puedes tener de recuerdo o venderlo, aunque sea por el peso, algo te van a dar…

Acabó en la mochila, decidí que era hora de bajar de ahí, tomar un descanso de las subidas a ese lugar, mi cabeza no estaba para tantas pesadillas, o lo que fuera, todo era demasiado extraño y mi mente no era capaz de asimilarlo.

Regreso a casa

Necesitaba moverme, aunque fuera para calentarme, el sol ya no me bastaba. En las piedras del camino, seguían las marcas de las ruedas metálicas, las ramas por los suelos, como la tarde anterior, se veía la ciudad ya más cerca. Era hora de llegar a casa.

Me adentré en las calles de la ciudad, seguía caminando deprisa, necesitaba llegar, preparar la cafetera, tomar un buen café y descansar, seguía agotado.

Tenía la sensación de que me estaban siguiendo.. Pensé,  “qué absurdo”, “¿quien me va a seguir y para qué?”. De vez en cuando miraba hacia atrás, no veía a a nadie, pero esa sensación no me la quitaba de encima. Cambiaba de calle, sin ver a nadie, me imaginaba algunas sombras, mi parte consciente me decía no hay nadie, son tonterías tuyas. Mi inconsciente, que sí que te siguen.

De pronto, me agarran de los brazos, me aprisionan contra la pared, me esposan las manos a la espalda, de dos patadas me abren las piernas. Empiezan a registrarme, primero todo el cuerpo, luego la mochila. Yo preguntándome.. ¿Qué buscan ahora? Lo anterior pensaba que era un sueño, una pesadilla, pero… Ahora estoy despierto, he bajado del convento… ¿Quiénes son esa gente?, ¿qué siguen buscando en mi mochila?.

Otra vez el collar

La primera pregunta pronto tuvo respuesta: ¡Somos de la policía secreta! Me enseñaron una placa, ponía policía, de todo lo demás que ahí hubiera no me acuerdo de nada.

El compañero exclama ¡Ahí lo tenemos, lleva el collar!

Me quedé frío, otra vez el collar en escena, mientras mi cabeza intentaba descifrar algo, una sirena, luces azules destellantes, dos policías de uniforme bajan rápido, abren la puerta trasera del coche, me meten dentro, se cierra la puerta.

Entramos en un aparcamiento subterráneo, ya sin sirenas. Se para el coche, se abre la puerta, me sacan como pueden, me empujan contra el coche, me quitan las esposas de una mano, me sacan la mochila, me colocan de nuevo las esposas.

Abren una puerta metálica, se cierra con un portazo, pasillos interminables, ascensor, no sé si hacia arriba o abajo, se abren las puertas, más pasillos interminables.

Otra puerta metálica, la abren, me meten dentro, se cierra, todo oscuro, otra vez mi cabeza dando vueltas, preguntas sin respuesta…

Acerca del autor de la publicación

Toni Oliver Servera

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