Vivimos actuando, disimulando, como si tuviéramos alguna certeza de que cojones hacemos en este mundo

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Pero no tenemos ni pajotera idea.

Mientras, unos se dedican al hedonismo fácil, al placer de los sentidos, yonquis del pasarlo lo mejor posible y que me quiten lo bailado. Luego, el tiempo pasa, y van perdiendo su salud social, mental y física al no entrenar la resiliencia suficiente para soportar un margen mínimo de la realidad.

Los que les va el rollo espiritual tienen, en este mundo poblado de vende peines para el más allá, unas 4.200 opciones religiosas a la carta, unas más exigentes que otras, otras más tolerantes, incluso se pueden mezclar realizando un cóctel a gusto del consumidor.

También están los que llenan sus espacios mentales de «ruido». Véase los que se enfrascan en política o se rebozan en filosofías. El problema es su necesidad imperiosa de compartirlo y convencer a los demás de que ese ruido es una verdad.

El que tiene menos luces, simplemente se transforma en la «persona como toca» del momento, lugar y circunstancias que le corresponde. Son los funcionarios sociales, personas que mueren en el hábito repetitivo y sistemático antes de morir biológicamente.

Todo ello es un sofrito intragable de ilustrados ignorantes, de desinformados formados, de idiotas engreídos, de egos que no sobreviven a sí mismos o a los de los demás.

Mentes con tantos huecos que sólo consiguen rellenar alguno, creyendo que por haberlo logrado gracias a ignorar selectivamente su infinito vacío existencial, tienen vidas plenas en ese pequeño inodoro en el que han defecado los efectos de sus días.

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