Hay historias que si no te cuentan no creerías y esta es una de tantas historias que cada semana conocemos… En una de nuestras salidas de ruta nocturna visitando a personas en situación de calle, conocimos a un hombre mayor, había sido militar hace años y no sé cómo llego algún día a la calle. Cada visita con él es amena, porque siempre tiene historias que contar y nos espera con ilusión. Lo conocimos al descubrir que siempre había un coche parado en la misma zona y una persona dentro cada vez que pasábamos inspeccionando el lugar, y así decidimos ir a saludarlo la primera vez. Está claro, siempre los primeros encuentros son más distantes y más protocolarios. ¿Alguien desconocido viene a preguntarme como estoy? Se preguntaran ellos. ¡Y este es el momento clave! Trabajar los vínculos para que de esa manera ellos vuelvan a experimentar que son visibles.

Con el paso del tiempo en las visitas semanales descubrimos que tenía “una enorme hernia” como decía él y en las visitas al hospital nos quedamos impactados porque este señor que tan bien se conservaba tiene 88 años, no tiene una hernia sino un cáncer enorme que le está comiendo, y vive en un coche y se siente súper afortunado porque no está en la calle y puede dormir acolchado, “sin frío” y el baño cerca… Realmente todo depende de con que ojos miras la vida. ¿Acaso es digno vivir en un coche? No creo que sea digno para nadie, pero si después de haber trabajado durante tu vida y poseer una mínima pensión que te permite poder comer y sobrevivir cada mes con un cáncer terminal, tienes 88 años y tu hogar acaba siendo un coche pienso ¿Qué está pensando nuestra sociedad? ¿Dónde quedó la dignidad? ¿El cuidado de los mayores que tanto se comentó durante esta pandemia que se llevó a tantos?

¿Cómo puede ser que este señor sea conocido por los servicios sociales y su día a día sea vivir en un coche? Y todo porque su único requisito es poder tener la misma intimidad que tiene en su coche, sin tener que compartir cuarto ni espacio físico para dormir y seguir aspirando a lo que todos aspiramos cuando lleguemos a la vejez… dignidad, intimidad, espacio personal.

Es verdad que estas personas que han pasado por tantas instituciones se niegan en el primer momento a recibir opciones, pero es que las opciones que reciben tampoco las aceptaríamos nosotros en nuestros cabales hasta que llegas a ese abandono personal tan grande, que cualquier opción es válida para “salir adelante”. Y ahí está el juego de nuestro voluntariado, el acompañamiento, el trabajar los vínculos para que no nos vean como una institución que ofrece opciones sino como un amigo cercano que vive con él la transición de la calle a la dignidad. Un caldo semanal unido a una escucha activa puede cambiar el rumbo y la mente de personas que intentan sobrevivir día a día en nuestras calles buscando respetarse a sí mismos.

Ahora vamos viendo en cada visita como va deteriorándose, incluso nos planteamos si tuviera alguna metástasis cerebral porque su conversación empieza a ser menos coherente y menos conexa con la realidad. Hemos acudido con él a urgencias y sin hacer ni analíticas ni exploraciones le han enviado a casa… ¿Acaso tiene algún sentido un hombre de la calle de 88 años? ¡Para qué invertir en gastos médicos si tiene contados los pasos! Y seguimos planteándonos tras hablar con diferentes organismos ¿realmente un hombre de 88 años con cáncer terminal va a morir en un coche contento porque fue capaz de preservar su intimidad?

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