Hace años, una estudiante de arte se mudó a un pequeño apartamento antiguo en una ciudad europea. Mientras desempacaba, encontró un cuadro envuelto en papel marrón, olvidado detrás de un armario. Era un retrato al óleo de un hombre elegante, de rostro alargado y sonrisa delgada, casi burlona. No había firma, ni fecha. Solo una inscripción al dorso:
“Solo sonríe si tú lo miras.”
Le pareció extraño, pero como el cuadro tenía un aire vintage, decidió colgarlo en el pasillo.
Esa noche, notó algo raro: al pasar frente al cuadro, el hombre parecía sonreír un poco más. Pensó que era su imaginación, o la iluminación.
Pero cada día, la sonrisa era más amplia.
Y sus ojos, más vivos.
Hasta que una madrugada, al ir al baño, lo vio:
el hombre ya no estaba en el cuadro.
El marco seguía colgado. El fondo del retrato, intacto.
Solo faltaba él.
Desde entonces, algunos aseguran que han visto a un extraño observando desde ventanas ajenas… con esa misma sonrisa.
Siempre en casas donde el cuadro fue colgado alguna vez.
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