Ya ha pasado una semana desde que los niños están en el colegio. La rutina vuelve a nuestros hogares, poco a poco, como si no hubiéramos pasado un verano de locos. Los deberes empiezan a llegar a casa, los baños relajantes de antes de ir a dormir empiezan a hacer efecto, las cenas hechas a prisa y corriendo (por que el tiempo se ha echado encima) ya están en las mesas, los cuentos de buenas noches se convierten en el preludio de irse a dormir y como no, han vuelto esas vocecitas que llaman: » Mamá tengo sed” «Mamá, enciende la luz que he perdido un peluche», «Mamá tápame bien, por favor», «Mamá no tengo sueño». Tú con toda la paciencia del mundo y llamando a todos los santos para que te ayuden, acudes a cada llamada hasta que a la quinta ya recurres a la clásica amenaza «cómo mañana no te levantes a la primera, te quedas castigado».

¡Oye! mano de santo no se vuelve a oír la palabra “mamá”, en toda la noche.

Peripecias nocturnas aparte, esta semana me ha hecho reflexionar sobre las rutinas adquiridas por el ser humano con responsabilidades. Somos animales de costumbres, somos ese engranaje bien engrasado del reloj que da la hora sin atrasarse, somos aquellas piezas del puzle que encajan sin forzar, somos todas aquellas cosas y más.

Sin orden, ni rutina ¿Qué somos?

 A parte de organismos pluricelulares. No tengo la respuesta, pero como a toda pregunta tiene que haber una respuesta, experimentaré para encontrarla.

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ELI RUBÍ

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