A medida que cumplo años, cada vez más, entre mis más queridos allegados, se sufren enfermedades graves, especialmente, el cáncer. Me desgasta emocionalmente su sufrimiento, son personas que me importan, pero en cambio, el hecho de que puedan morir, lo tengo mejor asumido, ya que poseo la convicción, como describen los físicos, de que pasado, presente y futuro coexisten y, por tanto, la muerte en sí no existe propiamente, sino que todo es la ilusión de una consciencia que se desplaza en una flecha temporal en algo que previamente ya estaba estáticamente.

Me he dado cuenta de que si pienso varias veces algo antes de responder, suelo contestar: «Deja que lo piense una vez más». Lo mismo me ocurre al intentar plasmar algo en un texto. Por eso es muy arriesgado escribir, pues, ya no es un pensamiento vivo, sino la defunción de un pensar en unos caracteres petrificados en el espacio-tiempo.

También es peligroso hacerlo instintivamente, que a lo mejor puede ser necesario alguna vez, pero si se hace sistemáticamente es una sentencia con duras penas para todo humano de raciocinio precipitado, sobre todo cuando tiene otras personas y naturaleza a su cargo.

Si, además de precipitado, se es incompetente vital, es decir, que la media de ensayos de éxito y fracaso es superior a la media humana en las tareas y circunstancias más comunes, como por ejemplo: Cuidar su salud (no alcoholizarse, no fumar, no tener actividades de riesgo para sí mismo y los demás…), la amistad (no tener cambios abruptos cíclicamente de personas de relación social) o el trabajar en equipo (incapacidad de trabajar en paralelo al precisar estar siempre por encima de los demás), inteligencia natural (saber vivir en armonía con el entorno), inteligencia social (tener empatía y saber interaccionar con los diversos grupos humanos que nos rodean), inteligencia emocional (saber ser feliz por sí mismo sin parasitar emocionalmente a los demás) todo ello, si lo observamos en un alto grado en alguien, nos indica lo que llamamos persona tóxica.

Luego resulta, por ejemplo, que un partido político es una «máquina» de crear personajes tóxicos al más alto nivel. Pero nada comparado con las cúpulas de las grandes corporaciones internacionales, que a todas luces, son la mayor selección de psicópatas y sociópatas mundial, pues, a costa de mermar la salud de todos y destruir la naturaleza obtienen suculentos beneficios para una endiosada «alta» sociedad hipertóxica para el resto de la humanidad viva a unos niveles insospechados para la mayoría.

Expongamos algunas consecuencias:

Hace poco, los principales organismos de control de salud de los EE.UU. han informado, tras rigurosos estudios, de que existen, entre otras dañinas, dos partículas en el agua de lluvia que, definitivamente, pueden y, de hecho lo hacen, causar cáncer.

Personas con hábitos de consumo tóxicos, ojo, ahí entramos todos, sólo que claro está, en diferente grado, a este planeta nos lo hemos cargado. Ya ni los pingüinos de los confines planetarios están a salvo, ni las tribus en el interior del Amazonas, ni tampoco los monjes que viven aislados en alguna montaña del Nepal.

Otro ejemplo, son las micropartículas de plástico, están incluso en nuestra propia sangre, provocando disfunciones hormonales, enfermedades varias… Y, como no, más cáncer.

Como el que padecía alguien muy allegado, se llamaba Ghjuvan, que es la variante en corso del nombre Juan, de origen hebreo y que significa «Yavé es bueno». Me lo reencontré en extrañas circunstancias, pero eso es otra historia aparte. Le había perdido la pista, nadie sabía de él desde hacía una década. Decidió volver por estas tierras porque padecía un cáncer terminal y, como me dijo él: «Tenía que intentar ver a mi madre antes de morir».

No lo logró, ella había muerto por un tumor cerebral años antes. Yo mismo le di la mala noticia.

Mi viejo amigo, finalmente, falleció plácidamente gracias a una gran dosis médica de fentanilo, un opioide sintético que es hasta 50 veces más fuerte que la heroína y 100 veces más fuerte que la morfina.

En cuanto a lo que hablamos, cuando lo reencontré, al preguntarle que había pasado para que desapareciera tanto tiempo me contó la siguiente historia:

Un breve tiempo trabajó, permítanme no decirles de qué, en una residencia de lujo en la que en una de sus fiestas elitistas vio a gente muy importante, casi ninguna ha aparecido en la prensa amarilla, son auténticos desconocidos para el vulgo.

Fue muy selectivo en los detalles de su narración, me describió que el agua era proveída fresca y directamente de unas neveras que disponían de filtros de depuración y potabilización instantánea.

Los alimentos provenían de huertos ecológicos de invernaderos burbuja cuyo aire interior era antes filtrado, y la tierra era como una especie de gel semisólido…

En la cocina, el personal trabajaba a 21 grados de temperatura y llevaban trajes ligeros que les cubría todo el cuerpo, incluido una careta de una especie de plástico totalmente transparente, lo mismo llevaban, algo diferentes, el resto de personal. Ahí entendió, que el excéntrico Howard Hughes se quedaba corto comparado con el extremo control de la pureza ambiental que había ahí.

Todos los invitados tenían un aspecto físico envidiable, no importaba la edad que tuvieran, su estado físico, su apariencia, parecía rozar la perfección.

Cuando le miraban o se dirigían a los trabajadores, algunos, se percataron que no eran como ellos, que había una distancia, casi dirían que no se sentían de la misma especie.

La cuestión es que todos y cada uno del personal fueron sustituidos de un día para otro, y en la residencia en la que habitaban, «desaparecieron» sin dejar rastro, todos, salvo él. Cuando, meses después, intentó localizar alguno, no tenía constancia por mucho que hubiera intimado con alguno de ellos de su paradero, simplemente se desintegraron de este mundo.

Mi amigo, tenía la costumbre de meditar en sus horas libres bajo un pequeño porche, cerca de un río que rodeaba la finca en la que estaba la gran mansión, debió ser durante esos momentos que todos los demás se «fueron».

Al decidir regresar, a medio camino, recibió un mensaje en su móvil de uno de sus compañeros con una sola palabra: «Huye». Al levantar la mirada tras leerlo, atónito, observó que había un pelotón de hombres con trajes tácticos oscuros y armados hasta los dientes que iban en dirección a él, uno de ellos indicó con el dedo que lo había localizado, al segundo, varios disparos impactaron muy cerca, uno de ellos rozó su cuello.

Consiguió camuflarse entre los matorrales, correr y saltar al río, qué decir, que la preparación militar y técnicas de supervivencia extremas que aprendió en su pasado le permitieron sobrevivir y ocultarse todos estos años en distintos lugares, siempre, como un nómada, moviéndose y alejándose, salvo cuando precisaba información, de zonas donde hubiera tecnología que pudiera identificarlo.

Dominaba varios idiomas perfectamente, pero fingía hablarlos muy tosca y torpemente para que no coincidiera su perfil psicológico si lo buscaban. También cambiaba constantemente en cada lugar su apariencia física y estilo de vestir. De hecho, hizo una selección periódicamente en varios cibercafés o, incluso a veces, con ordenadores robados, de varios perfiles de Instagram y Facebook que se parecieran a él para aparentar ser alguno de ellos.

El creía que hay una élite planetaria que desde la Segunda Guerra Mundial, han tenido acceso a conocimientos científicos y tecnologías que han evolucionado muy por delante de las que dispone el resto de la población mundial. Pensaba, era su hipótesis, que ya hace tiempo que se están modificando genéticamente y, seguramente, no son como nosotros realmente, nos ven como nosotros vemos a los chimpancés.

Me explicó que el planeta está lleno de grandes búnkeres subterráneos vigilados y controlados por ellos donde se desarrollan todo tipo de inventos y tecnologías que hace tiempo que podían haber convertido este planeta en un vergel, pero como ya no nos ven, a los humanos, como de su propia especie, han diseñado una estrategia que durante los próximos cien años nos eliminarán a la mayoría, siendo los que quedemos, modificados genéticamente y modificados tecnológicamente para ser una especie de cyborgs a efectos de convertirnos en sus perfectos esclavos.

Acerca del autor de la publicación

TONI BAUZÁ

Director Contenidos y Audiovisual | Agente de Prensa | Mallorca
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