La vida cambia por completo cuando se tienen hijos, por mucho que quieras adaptar el niño a la rutina del adulto te das cuenta que es imposible. Te das cuenta que al final del día, casi toda la rutina son los horarios del niño que rigen nuestras vidas.

Unas de esas rutinas que adapté fue la de la cena (porque la comida la hacen en el comedor del colegio). Cuando nació el mayor de mis hijos implanté la cena a las 20.00, así a las 21.00 podría irse a la cama sin tener la comida en la boca. Al nacer la segunda, me di cuenta que no podía obligarla a cenar a esa hora porque tengo que aguantarla media hora berreando porque tiene hambre. Así que la adelanté a las 19.30. Al principio sólo cenaba ella y los demás después, pero me di cuenta que comía menos y mal, así que toda la familia empezamos a cenar a las 19.30. Al principio costó muchísimo, nadie tenía hambre a esa hora y los adultos teníamos que hacer resopón antes de irnos a la cama. Después de un año de cenar como las gallinas, puedo decir sin ninguna duda que todo ha mejorado. Nos vamos a dormir con la digestión hecha y ya no nos sentimos pesados, dedicamos este momento de cena familiar a ponernos al día, de todas las cosas que nos han pasado e incluso la niña que aún no sabe hablar, forma parte de la conversación con sus balbuceos y está más contenta. La relación familiar indiscutiblemente ha mejorado. Y hoy por hoy, después de ensayo y error me quedo por cenar a las 19.30 en familia.

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ELI RUBÍ

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